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domingo, 28 de octubre de 2012

CUENTOS

Luces y sombras (I) -

Fotografía: Yolanda Cruz (C)


o de cómo de transeúnte se llega a ser de tránsito

Ninguna de las dos sabía dónde esconderse cuando la sombra regresaba.  Si dentro de aquellas cuatro paredes no tenían voz, fuera ni se las veía. Se habituaron al silencio, a retirarse a su paso, a mirar hacia abajo y, en la mesa, a no servirse hasta que él no acabara de comer.


No cabía lugar para la protesta, la contrariedad no podía asomar a sus caras, niñas de sonrisa triste. Dibujaron mundos de colores en los corredores y habitaciones vacías de aquella casa, fría y hueca. De puntillas, escondiendo las ganas de correr, sorteaban los bruscos cambios de su mirada, de su voz y de sus manos.

Ellas jugaban a pensar que aquella casa llena de patios estaba encantada. Las mujeres, los gatos, los libros, los cajones, las muñecas, los pinceles, la guitarra, un decorado en blanco y negro, a media luz, y sus pasos de fiera enjaulada sellando el límite entre lo que estaba o no permitido. 

Las mujeres, entre ellas, se sabían sin hablar y enseñaron a las niñas a no molestar. Pero, en la cocina, curaban las heridas del miedo con ungüentos de aceite, clavo, azúcar y canela. Las niñas aprendieron a esconderse bajo las sábanas cuando la sombra dormía y allí, en aquel hueco robado al miedo, las dos cuchicheaban. Por turnos inventaban historias, por turnos se las contaban, por turnos soñaban, abrazadas, sintiendo la humedad de aquellas paredes donde el papel pintado enmohecía.

Enmudecidas, al igual que las mujeres de negro las niñas aprendieron a soportar y a hacer suyos los gestos de entrega. Y a falta de más luces, sus acuñados temores infantiles las llevaron a creer que las sombras de fuera aún serían peores. Después llegaron la aceptación y el agradecimiento a algún que otro raro gesto de atención, de ahí al sentimiento de culpa que se instaló en ellas no distó mucho tiempo. Así, crecieron convencidas de que si aquella sombra adusta y fría que les procuraba el sustento también las ocultaba y menospreciaba, la causa eran ellas. Si las mujeres de negro lo pensaban, ellas también. 

A golpe de gritos cada vez más fuertes, y a golpes de furia cada vez más bruscos, las niñas dejaron de serlo. Nunca hubo cuatro mujeres de negro en la casa, ambas se marcharon, una tras la otra con el luto por dentro pero asomado a sus ojos. Ya mujeres, dejaron la casa fría y hueca. Dejaron atrás muñecas, fotografías y delantales. Creían irse desnudas del miedo pero las niñas de sonrisa triste corrieron tras ellas, con sus menuditos y descalzos pies, huyendo de la sombra.

Una de esas niñas vive conmigo. Por más que intento peinarla no lo consigo y sus pies siempre están fríos pero hace mucho que no huye, ya solo corre cuando juega conmigo.