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domingo, 24 de junio de 2012

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PENSAMIENTOS -

Dignitas qualitas antiquas est

o de cómo las cualidades pasan de moda


En algún momento, entre los siete y los catorce años de edad, se instaló en mi conciencia el sentido de la dignidad. Si bien mi generación ha sido la primera en sumar la televisión en Blanco y Negro a los instrumentos hacedores de su educación visual - sentimental, la escasa variedad de programación infantil, en el único canal de televisión accesible en mi infancia, permitía contar con mucho tiempo para leer, escuchar e imaginar juegos y gestas que emprender con los amigosen la calle, acera contra acera o en el mejor de los casos, barrio contra barrio.

Aquellas lecturas me ayudaron a crear un universo imaginario en el que mi pausada pero irremediable salida de la niñez me obligaba a esconderme. Las fantasías de Enid Blyton con Los cinco, Torres de Malory y Los 7 secretos, fueron las mías. También las de Andrew E. Svenson con Los Hollister, y las de Robert Arthur con Alfred Hitchcock y los tres investigadores. Eran esos lo libros a los que tenía acceso, entonces no escogíamos, al menos en mi casa. Así, cumpleaños tras cumpleaños, onomásticas y Reyes Magos. Dos libros por ocasión, dado que éramos dos niñas, solíamos contar con unos doce libros por año,  pocos pero daban para mucho. Además de servirnos para llegar a conocer el placer de la relectura, nos servían de inspiración para reescribir versiones  y secuelas, con más fantasía que vergüenza, y como base argumental de las frecuentes y solitarias sesiones del pequeño teatro en el que convertimos una habitación en el terrado, toda nuestra. Nuestra, de nuestros juguetes y de los cinco o seis gatos callejeros con quienes nos encantaba compartirla, ese era nuestro público.

Entre libro y libro solo tenía acceso a los tebeos, cada domingo, visita al quiosco con una de mis abuelas. El Tío Vivo o el Olé, bien valían acompañarla a misa de ocho. Doce años y coletas no me daban derecho al Jabato y a Capitán Trueno, al menos así lo entendían “mis mayores” pero pronto me enfrasqué en el mundo del intercambio, y no solo con los cromos del Album Maga, el Botones Sacarino y Súper López siempre eran una buena baza. Mortadelo y Filemón y 13 Rue del Percebe eran las joyas intocables, nunca salieron de casa de mis padres, hasta hace un par de años, han sido el “Objeto mágico” en el ritual de iniciación de mi hijo en el mundo del cómic.

Después llegarían Pearl S. Buck, Louisa May Alcott, Eleanor Porter y Lucy Maud Montgomery y con ellas mis primeros romances imaginarios y mis deseos de ser una fantástica escritora. Me quedé en periodista pero también en esa elección de oficio ellas tuvieron algo que ver. Sin embargo, las lecturas que más recuerdo hoy son las de los libros de Alexandre Dumas y Jules Verne. Del primero, Los tres mosqueteros y La reina Margot me condujeron a El conde de Montecristo. De Verne, La vuelta al mundo en 80 días y Los hijos del Capitán Grant a Miguel Strogoff. Ellos, Edmond Dantes y Miguel Strogoff fueron los primeros personajes que me ayudaron a intuir el sentido del honor, una intuición que tomó fuerza años después con el Jean Valjean de Hugo, una fuerza suficiente que me llevó a cumplir los 18 años con un sentido de lo justo y de lo injusto que, a lo largo de mi vida, me ha valido tantos momentos de satisfacción como de conflicto.

Sí, fue a través de los libros que caían en mis manos en aquel momento de mi vida los que me llevaron a intuir el honor y la dignidad aún antes de saber quién era yo. Pero faltaba un tercer ingrediente en esa pócima efervescente que eran mis pensamientos, la palabra.

En el principio era la palabra, así comienza el prólogo del evangelio canónico de San Juan y porque los pilares de mi familia reconocían la prioridad del verbo, yo aprendí a escuchar. “Porque antes las historias no se leían se escuchaban” y “porque si no escuchas, cómo vas a aprender… tú escucha y no tendrás ni una falta”. Panes y libros, ambos olores se mezclan en mi recuerdo. Fuera, languidece la tarde, dentro una mecedora, ojos arrugados que cerrados asienten mientras un susurro lento se detiene el tiempo justo para ensalivar un pequeño dedo y pasar página. Fuera llueve, dentro, ese mismo dedo, enguantado en yema de huevo, acaricia el borde de lo que será un rosquito de azúcar, mientras su voz baila con el agudo repiqueteo del aceite caliente y su bata se impregna con olor a canela.

Escuchar, lo que se dice  y lo que no. Leer el tono de la voz que dibuja los pensamientos, entender los silencios, llegar a distinguir los precisos de los inciertos. No adelantarse a esos sonidos que narran algo que ya conoces, porque “cada voz es distinta, como cada día lo es”. Entiendo como una fortuna haber podido asistir a tan sacra escuela.  En mi trabajo como periodista, sin duda el género que más me ha gustado practicar es el de la entrevista y este gusto no es casual. Sin embargo, ese aprendido y asimilado respeto a la palabra incluye consecuencias negativas que, en más de una ocasión, me he visto obligada a sufrir.

Todos los que educamos nos apoyamos en aseveraciones que esperamos sean asumidas por quien nos escucha desde el más desinteresado convencimiento de que es por su bien. Una de las mías es “el valor de un hombre es el valor de su palabra”, (cuando educo evito arrobas y barras tipo o/a, hay que enseñar también el uso de los genéricos y trasladar la idea de que el machismo del lenguaje radica más en el uso que se hace de él que en sí mismo, pero eso, ya sé, es otra historia). Y pronuncio tales palabras con seguridad, y mi certeza es tal que lo aplico a mi vida. Soy consciente de que crecer con esa idea asimilada le va a hacer tanto bien como mal, valorará su palabra y sufrirá por quienes no valoren la suya pero mi código del honor me obliga a traspasar este legado.

Esta extensa reflexión tiene lugar porque hace unos días he asistido a una charla en la que se ponía en tela de juicio, con la mejor de las intenciones, la modernidad o no de estos valores, las llamadas cualidades del honor y la dignidad, que para mí, se han de velar con un arma, el valor de la palabra. Si escucho a mi alrededor el mundo, lo que de él se me traslada a través de los medios que ayudo a abastecer y mantener, podría pensar que, en realidad, modernos no son. Como tampoco lo son el Capitán Trueno, ni Jean Valjean, pero si los valores y las cualidades son rechazados por demodés, ¿a qué se aferra el alma para no caerse y desaparecer por el agujero negro por el que desaparecen los sueños?.

Me declaro aquí convencida de que el valor de la palabra, porque si en principio fue el verbo y el verbo estaba en dios, ese dios inventado por el hombre a su imagen y semejanza, el verbo está en el hombre y el verbo es el hombre. Y seguirá habiendo quien realice un mal uso de ella, cierto, habrá quien la de en vano, quien mienta, quien calumnie, quien hiera o hasta mate por ella. Pero habrá quien no. Y las palabras y el valor de aquellos seguirán relevando a esos pilares que, de vida en vida, han impedido que el alma se pierda.