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miércoles, 25 de abril de 2012

PENSAMIENTOS - Encontrar un banco donde no esperabas  

 o de cómo aprender de otro 

 

Acostumbrada a pasearme por mi colección de bancos, olvidé que, pese a que los míos sean de madera, arena, roca, musgo o hierro, no acaba ahí la lista de materiales en los que me reclino, de voces y de sonrisas también los hay.


Si ayer me atreví a asegurar que el viento es humano, hoy asumo que el tiempo no lo es. El tiempo no es humano, el tiempo es aire imposible de palpar, de modelar, de detener, de regresar, de evadir. El camino te ofrece bancos, o los ves o no. Y hay veces que los ves, pero incluso en esas ocasiones no siempre somos capaces de escuchar su invitación a sentarte, a detenerte, a escucharte, a mirar mirándote, de dentro hacia fuera y vuelta a empezar.


Me gusta escabullirme a mis silencios, sustraerme de la realidad del resto para ir a mi encuentro, para disfrutar de ese instante en el que mis ojos se enfrentan conmigo, mi pensamiento reposa y ella habla, respira, sonríe. Sin miedos, sin prisa, sin reparos, sin dudas, porque no existe nada que la obligue y me obligue a mirar fuera.

Pero los vestidos, y las horas, y las uñas, son expertos en alejarte de esos encuentros fugaces. Yo me he visto retirada de las ínsulas de mis sueños y no me he dado cuenta. Creí que con el recuerdo de mi olor, mi piel, mi boca, era suficiente. Caminé por sendas ajenas a mi rumbo, convencida de seguir mis estrellas y no otras. Y en una curva, imprevista y fría me topé con un lobo, sí, eso decía su sombra. Contra todo pronóstico, esas pisadas mudas, la mirada cetrina y el respirar oscuro frenaron mi paso.


Y yo miré a aquella bestia como si nada tuviera que ver conmigo. Como si aquel caminar pudiese rozar mis piernas como la avena a la hierba, No permití a mis caderas estremecerse con el collar de su pelo, no quise sentir la humedad de su hocico en mi cintura ni se inclinó mi pechó para facilitar su aullido. Arriba, sobre nosotros, temblaban las estrellas.


Lo malo de escucharse mucho es que se llega a un punto en que no sabes a quién oyes, si es que escuchas, porque el eco de tus palabras, es sólo un reverberar sin sentido. Arriba siguen tintineando las estrellas.


El lobo me ofreció un banco en su lomo, y yo, acostumbrada a la madera, a la piedra, al musgo y al lomo, no fui capaz de recordar que el tiempo no es humano. En su fluidez, el tiempo es indeleble e inamovible, de futuro incierto e impredecible y presente tan fugaz como constante. Así, pudiendo aceptar el pulso de esa bestia en su espalda inclinada, entretuve mis ojos de su pelaje a la aurora, esperando que la luz me sorprendiera en aquella danza de espejos extraños y sordos.


Me despertó su aullido, cansado, de lejos. Sin rubor, con las piernas desnudas, las cadera libres y la cintura seca palpaba a mi alrededor buscando el banco pero solo había restos de madera, piedras, hierros y musgo. Quisé recuperar en mis oídos los restos de su aliento pero no era ese el hueco que se abría ante mis pasos. No buscaba al lobo ni a los bailes que nunca llegaron, La ausencia no era la suya, esa desazón que yo sentía me obigaba a husmear pero era incapaz de seguir el rastro.


Hace unas horas he desnudado mis piernas y calzado mis pies, he sujetado mis crines, tomado aliento y he marchado, con paso fuerte, melódico y constante, hacia el frente. El aire, las piedras, el mar, la sed, el sudor, el tesón y la sal, sin sombras. Por un instante he llegado a ese momento en el que sabes que estas, que eres, que sientes. A ese pequeño hueco en el que se refugia el alma. Me he detenido, sin pensarlo, me he sorprendido sonriendo y mirando al horizonte sin ver más allá, y he comprendido que aquel animal no vino a enseñarme sus ojos, ni su pelo, ni su caminar silencioso y seguro. Esa criatura debía recordarme el lugar de donde vengo, distraerme de ese afuera para que mirase dentro.


Esta tarde, recostada en ese banco de aire, he dejado que el mar me mirara, que no sonara y que escuchara y he comprendido lo imprescindible de dejarse enseñar por quien cree estar aprendiendo de ti, por quien te recuerda que existe lo sublime en cada segundo en el que somos capaces de detenernos en nuestra propia existencia. Alli me encontraba yo, a solas, adormecida entre mi voz y el silencio. He entendido la fuga de sus pasos, el celo de su tiempo, la paz de su desvelo.

En el camino hay  ángeles y demonios, sí, pero también hay lobos, y ogros, y águilas y hermosos caballos, cualquier estado del alma es el apropiado para ayudarnos a recordar quiénes somos. No importa si ese animal agresivo y dulce baila contigo o no, si está es en el camino, se se te permite rodearlo con tu cintura es para que no olvides el pulso de tus piernas ni de tus caderas, porque allí arriba esperan las estrellas.