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miércoles, 18 de enero de 2012

PENSAMIENTOS - Piedras


 De cómo recordar la brevedad de un momento

 Al menos yo, tiendo a olvidar la brevedad del momento. Hace tiempo que intento vivir mi presente siendo consciente de su eternidad, ya que sólo en él encuentro cabida para este adjetivo, eterno. El tiempo o más bien, los términos en los que solemos hablar de él o catalogarlo, nos distrae de la idea de temporalidad y de que ella es la que nos permite unir pasado y futuro.

El presente suele ser sustituido por el Ego y éste, a su vez, nos aleja de nuestra conciencia, y cuando perdemos ésta nos alejamos de la posibilidad de acceder al conocimiento de nuestro verdadero Yo, al fin y al cabo, la única clave para acceder a la comprensión de nuestra temporalidad. Si he llegado a reflexionar sobre  mi temporalidad y a buscar a mi alrededor ha sido a través de lecturas de filosofía budista, en especial de algunos escritos de Daisaku Ikeda (El concepto budista o Diálogo sobre José Martí, el Apóstol de Cuba, )


Os preguntaréis qué tiene que ver todo esto con las piedras, y ya os adelanto que mucho. El concepto de piedra angular, interpretado durante mis primeras incursiones en la semiótica, despertó mi interés por la masonería hace años. Ayer tuve ocasión de acariciar piedras siendo consciente de que habían llegado a Borger (Holanda) hacia 150.000 años, procedentes de un glaciar escandinavo originado durante la segunda glaciación.


Las aguas trajeron a este rincón de Holanda, a través de más de 1500 kilómetros, toneladas de piedras que, a manos de los habitantes de la región, se utilizaron para contruir, primero menhires, después, con el transcurso del tiempo, suelos de iglesias o diques. Visité estas piedras, paseé  por entre sus caprichosas alineaciones y las acaricié, sí. No voy a justificar este arrebato místico, sencillamente me deleito con el sentido del tacto, me entretengo en invertir el movimiento, no trato de imprimir ánimos en la piel de la piedra o persona por la que mis manos se deslizan, más bien intento  llevarme calzado ese tacto, deslizarme dentro de él como si de un guante se tratara y, sin necesidad de mirar, ver la arquitectura de sus momentos.


Rozo la palma de mi mano contra la superficie pulida, laterales otrora abruptos cuando se trataba de piedra bruta antes de ser desbastada por cinceles de horas, frío y lluvia. Vienen a mi memoria el hombre natural de Rousseau y sus potenciales por pulir, la piedra bruñida, integrada en la arquitectura social, una tesela atemporal en la que cada una de las piezas, mimetizada con el todo, opta a ser la piedra angular de ese preciso momento en el que una mirada sustrae al todo y lo hace presente, el eterno presente que se sustenta en cada uno de los instantes de nuestra temporalidad.


Y lo abstracto deja de serlo, y las cifras, 150.000 años, redimensionan nuestro lugar en el tiempo. Mis manos tocan y al hacerlo, alcanzan la certeza de mi breve existencia.